domingo, 10 de agosto de 2014

Primera aproximación a Josep Pla

Me propongo dedicar algunas entradas del blog a mi admirado Josep Pla, probablemente el escritor más significado  de la literatura catalana del siglo XX, cuya obra está traducida enteramente al castellano, cuando no escrita inicialmente en este idioma. Es conocida la consideración de que Jorge Luis Borges no es sólo un escritor sino que él mismo es toda una literatura. Podríamos pensar algo parecido del escritor ampurdanés sin apurar las coincidencias entre los dos personajes y sus obras que son inexistentes. Podríamos considerar a Pla  “toda una literatura” no sólo por las treinta mil páginas que conforman los cuarenta y cinco volúmenes de sus “Obras Completas”,  sino porque Pla permanece y vence al tiempo y porque su vida misma se hizo literatura, sigue siendo literatura y él cada día vivía en escritor del amanecer al ocaso.
 
Desde sus primeros trabajos en “Las Noticias”, humildes gacetillas, a sus obras más cuajadas -pienso en “Viaje a Cataluña”, en “Coses vistes”, en “Viaje en autobús”, en “Un señor de Barcelona” y, cómo no, en “El cuaderno gris”, que además de obra madura y joven al tiempo es el pespunte de sus días- Pla  hace de su vida literatura y de su literatura vida. Escribe: “Yo he vivido muy poco. He vivido la literatura. La vida es más complicada que la literatura”.

La prueba más temprana de esta conjunción vida-literatura en Pla es acaso el compromiso consigo mismo a través del memorialismo. Se trata de emprender el conocimiento del hombre a través de lo concreto. El mismo día que alcanza la mayoría de edad, entonces los veintiún años, comienza sus dietarios, sus apuntes personalísimos, en los que con una maestría insólita a su edad describe con minuciosidad e inteligencia las cosas que le ocurren, sus reflexiones, aderezado todo con esas dotes de observador y esa precisión plástica al trasladar lo que  observa al lector que ya no le abandonaría nunca en su trayectoria literaria. Comienza entonces “El cuaderno gris”. “Mi  forma de escribir es sencilla, llana, directa, inteligible para la gente sencilla”, dejó dicho. Y añadió: “Sólo he tratado de poner los adjetivos más precisos y claros detrás de los sustantivos”.
 
Muy joven me interesó un juicio de Camus sobre las formas de escribir: “Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas”. Coincide con la consideración de Pla sobre su estilo: sencillo, llano, directo, inteligible para la gente sencilla.
 
En las viejas reflexiones de Pla, y vuelvo a “El cuaderno gris”, se encuentran a veces diagnósticos que no han caducado. Escribe, por ejemplo: “Ahora, cuando pienso en la gente del país, tomando persona a persona, sospecho que las ideas de mis amigos tienen poco porvenir. En este país se prefiere lo sucio conocido que lo limpio por conocer. Esta es tierra de desconfiados -de desconfiados ancestrales-, de retorcidos, de personas convencidas de que aquí se puede hacer todo a base de adoptar el aire del campanero cuando pasa a cobrar las sillas de la iglesia”. Y yo me pregunto, desde esta reflexión de Pla: ¿Quién no ha atisbado a su alrededor alguno de estos campaneros de ocasión, de estos que prefieren lo sucio conocido que lo limpio por conocer?
 
Es una delicia para un lector avezado acercarse al Pla periodista, al Pla corresponsal en Madrid, y, singularmente, el Pla cronista parlamentario que vivió el alumbramiento de la Segunda República y siguió sus pasos hasta las sonadas vísperas de la festividad de San Camilo de 1936,  el trágico 18 de julio.
 
Una deformación confesa: mi condición de periodista, el hecho de haber sido yo cronista parlamentario también en una etapa de construcción de algo nuevo, y haber decidido un día pasar de la fila cero al escenario, es decir del periodismo a un escaño parlamentario, habrán sido, supongo yo, algunos de los motivos por los que he seguido con especial atención esta etapa en la vida y en la obra de Josep Pla, que por cierto también hizo sus pinitos políticos, si bien breves, ya que en 1921 fue elegido Diputado de la Mancomunidad de Cataluña, antecedente del Parlamento de Cataluña, por el distrito de La Bisbal en las listas de la Lliga Regionalista.
 
Además, ahora que se tiende a reescribir la Historia, como si por la Historia pudiese pasarse impunemente una goma de borrar, no resulta obvio recordar la visión sobre la Segunda República que reflejó en sus crónicas el que ya entonces era considerado uno de los más inteligentes y avisados periodistas españoles. No resulta falto de interés, sino todo lo contrario, echar un vistazo a aquellos pocos años de la Segunda República en la visión de uno de los más agudos observadores de aquel tiempo, con una prosa directa, rica pero no opulenta, jugosa e irónica. La ironía es uno de los grandes valores de la literatura de Pla desde sus primeras colaboraciones en la prensa de su tierra ampurdanesa, siendo un jovencísimo estudiante de Derecho, hasta sus últimas páginas, ya nonagenario.
 
Otro de los valores más destacables de la obra de Pla es la sencillez, su escaso artificio formal, la preocupación del escritor por ser accesible. En cuanto a la sencillez, al lenguaje directo, al carácter inteligible, la prosa de Pla es cercana a la de Pío Baroja, un escritor al que Pla admira. Escribe de él que es una de las escasísimas personas en Madrid con las que le encanta hablar y  al que le gusta escuchar. Baroja, sin embargo, no consigue, y no busca, la ironía. El vasco es un solitario, como el ampurdanés, puede que misógino como su colega, y se siente a gusto en las tertulias pero incómodo en la vida social. ¿Timidez? No sé. Se dice que Baroja no era simpático, ni trataba de serlo, mientras Pla dedica una crónica a valorar la simpatía como llave que abre las puertas de la sociedad madrileña y  reconoce en sí  mismo el aderezo de “una cierta simpatía”. Pero no me atrevería a asegurar que esa mirada suya ante el espejo sea demasiado real.
 
Reiteradamente, y recuerdo una opinión suya de finales de los años setenta, ya con casi ochenta años a cuestas,  Pla se definió como periodista más que como escritor. “Yo, en definitiva, sólo he hecho periodismo”, dijo. Y, probablemente, se consideró sobre todo periodista. Lo fue en las diversas funciones del oficio. Muy joven, en “Las Noticias” cubrió información de calle, llevó la sección de Tribunales y cuando se encargó de Sucesos  recordaba haber seguido a los coches de bomberos camino de los incendios. Al tiempo escribía en publicaciones de su tierra, Gerona, como “L’Instant”, “L’Opinió”, o “Baix Empordá”.
 
Se hizo socio del Ateneo barcelonés, institución de prestigio, porque no podía pagarse los libros que quería leer y su cuota de ateneísta le permitía devorar las estanterías de la jugosa biblioteca. Asistía a tertulias literarias, conoció a Eugenio d’Ors, que tanto le influyó, aunque la relación no acabó bien, y pronto se hizo un cierto nombre, hasta el punto de que el director de “La Publicidad” le ofreció la corresponsalía del periódico en París. Corría 1919, la resaca de la entonces llamada Gran Guerra. Durante los siguientes ocho años -con una estancia en Madrid en 1921- Pla ocupó destinos profesionales como periodista en Berlín, Roma, Atenas, Londres, Lisboa y Estocolmo, además de viajar por el resto de Europa.
 
En 1928 Pla cambia de equipo. Pasa de “La Publicidad” -que había transformado  su título en “La Publicitat” y se escribía en catalán- a “La Veu de Catalunya”, iniciando una  relación profesional con este diario, que le enviaría a Madrid como cronista durante la Segunda República. Su última etapa como periodista transcurre en “Destino”: desde 1939 hasta la desaparición del semanario en 1975. En “Destino” publicó Pla más de dos mil artículos.
 
Las opiniones de Josep Pla sobre el periodismo salpican algunas páginas de su obra de memorialista. Escribe, por ejemplo: “Cuando yo era muy joven y empecé a ejercer la profesión de periodista se decía de esta curiosa actividad, en los medios más o menos intelectuales, que lo más importante del periodismo era saber salirse a tiempo (...) Yo me he limitado a repetir la frase y a no dejar nunca de escribir, cosa que hace más de sesenta años que hago”. También opina: “El periodismo tiene una cosa buena: abre un campo vastísimo a la observación y provoca contactos humanos muy variados, alguna vez llenos de interés”.
 
Otro juicio de Pla sobre su oficio a uno le resulta gélido y desolador: “El periodismo ejercido de buena fe, es un oficio sanguinario. Lo es de modo seguro. El periodismo se ha de tomar como es el mundo, es decir, con aquel punto de conformidad irónica e inconformista necesaria que exige la permanente y eterna tontería humana. El periodista que trata de ver las cosas humanas a través del optimismo o del pesimismo está perdido. Nunca debe engañarse. Ha de dejar de lado todas sus emociones y sensaciones, ha de ver el mundo como una lucha de arañas y moscas”.
 
En su colección de crónicas sobre el advenimiento de la República, señala Pla: “El periodismo, por lo menos, llena la vida mental de la gente cultivada del país” Y ya cerca de los ochenta años, señala: “Las noticias eran antes más verdad que las de hoy. Los periódicos eran muy correctos”.
 
Resulta curioso que la frase sobre la conveniencia de salir a tiempo del periodismo, atribuida a Chateaubriand, entre otros, se haya repetido a menudo y se haya hecho cierta en la trayectoria de no pocos escritores. Ejemplos, dos Premios Nobel. Hemingway, que dejó el periodismo a tiempo de consolidar su obra literaria. Y José Saramago, que ejerció durante años el oficio de periodista antes de alcanzar éxito en la novela. Y, más cerca, Arturo Pérez Reverte, académico y celebrado novelista. Todo hay que decirlo: Bismarck fue más duro que Chateaubriand respecto al oficio de periodista. Dijo que los periodistas eran gente que había equivocado la carrera. Bismarck seguro que no equivocó la suya. Le llamaron “el Canciller de Hierro”.
 
Como anota Valentí Puig en la primera línea de su prólogo al grueso libro que contiene casi todas las crónicas de Pla publicadas de 1931 a 1936, el periodo de la República: “el periodismo es esa vieja profesión que ha logrado la supervivencia de muchos escritores y que ha destruido a otros tantos”. Pla traslada sus materiales periodísticos al libro, una vez reelaborados los textos, y si excluimos su obra narrativa y parte de sus dietarios, toda la obra del escritor ampurdanés es periodística. Un periodismo directo y bello, rico en metáforas, sorprendente a menudo, lleno de destellos y hallazgos.
 
Las crónicas de Pla nada tienen que ver con las de otros gigantes del periodismo literario que han llegado a nosotros, que uno ha conocido y antes ha admirado, como podrían ser Oriana Fallaci o Indro Montanelli. La Fallaci era también irónica, llena de intención, pero le faltaba grandeza. Montanelli tenía una ironía de freno y marcha atrás, maniatada, y era más hiperbólico, más florentino en las mañas. Y acaso sea momento de anotar que una de las admiraciones clásicas de Pla era Maquiavelo, el secretario florentino. Y otra admiración suya era Montaigne. Naturalmente por motivos bien distintos. 
 
En una próxima entrega sobre Pla recogeré una breve antología de sus pensamientos, aforismos y juicios sobre esto y aquello. Pla en estado puro.