domingo, 26 de julio de 2015

Diego San José, gran escritor y periodista injustamente olvidado


¿Quién recuerda hoy a Diego San José? En este tiempo de canon inviolable, de famas prêt-à-porter, de escritores encumbrados artificialmente, y cuando a menudo nuestras celebridades literarias se asemejan más a modelos de pasarela que a creadores de poso riguroso, en medio de falsedades en las cifras de las tiradas y mientras los ganadores de grandes premios se conocen de antemano, Diego San José resulta un extraño, y no tanto porque murió hace más de medio siglo y nuestro país es amnésico sobre todo en el ámbito de la cultura, sino porque su tiempo fue distinto. Conoció una vida literaria vocacional, intensa y auténtica. Si hubiera vivido en nuestros días se hubiese muerto de asco, él que padeció tanto.

Diego San José fue periodista de dilatada experiencia, escritor que gozó de enorme popularidad, historiador interesado sobre todo por el Siglo de Oro y el negro reinado de Fernando VII. Fue cronista de Madrid y a la Villa capitalina dedicó muchos estudios y mucho mimo. Publicó una treintena de libros de ensayo, historia y biografía, y más de sesenta novelas en las celebradas colecciones “La Novela Corta”, “La Novela Semanal”, La Novela de Bolsillo”, “Los Contemporáneos”, y “El Cuento Semanal”, que popularizaron la novela breve en España y que en no pocos casos llegaban a tirar hasta 100.000 ejemplares. Preparó adaptaciones teatrales y escribió teatro propio, además de cultivar la poesía. Fue un escritor todo terreno de amplios resortes que consiguió reconocimientos en varias de estas facetas de su hacer literario.


Había nacido en Madrid en 1884 en la calle Torrecilla del Leal; una curiosidad: en esa misma calle, en casa lindante a la suya, nacería mi padre poco más de veinte años después. Y otra curiosidad: entre quienes seguían con interés su obra se contaba Emilia Pardo Bazán, contrapariente mía. Murió en Redondela en 1962 y está enterrado allí, en el cementerio de Mañó. Como periodista, cuyos artículos eran seguidos con fervor, trabajó como fijo o colaboró en “El Liberal”, “La Libertad”, “El Globo”, “La Mañana”, “La Noche”, las páginas literarias “Los Lunes del Imparcial”, “Nuevo Mundo”, “La Esfera”, “Mundo Gráfico”, “Crónica” “ABC” y "Blanco y Negro" que llegó a dirigir. Fue uno de los puntales en la redacción de “El Heraldo de Madrid”.


Cuando el 27 de marzo de 1939 la redacción de “El Heraldo” fue tomada por miembros de la “quinta columna”, que así eran conocidos los activistas franquistas en el Madrid que estaba a punto de caer, uno de los pocos redactores que estaba en la sede del diario, calle de Marqués de Cubas, era Diego San José.  Pocos días después él y otros periodistas de “El Heraldo” fueron detenidos, acusados de apoyar a la Republica, y en un juicio de trámite Diego San José fue condenado a muerte, aunque gracias al general Millán Astray, de quien antes de la guerra estaba escribiendo una biografía, obtuvo la conmutación de su condena a muerte por una pena de treinta años. Sin embargo, nunca había militado en ningún partido político. Sólo se había manifestado como republicano en un diario republicano como era "El Heraldo". Había comenzado siendo secretario de José Canalejas, prohombre liberal que sería presidente del Gobierno y moriría asesinado por un anarquista en la Puerta del Sol. Nuestro escritor nunca fue un extremista.


Peregrinó por varias cárceles, de Madrid a Vigo y de vuelta a Madrid, y consiguió la libertad condicional en 1944. Los últimos 18 años de su vida los pasó en Redondela, justo frente a la prisión de la isla de San Simón en la que había sido recluso. Sus intentos de volver a publicar en los periódicos fueron vanos; ningún director amigo se atrevía a que figurase su nombre bajo un artículo. Optó por los seudónimos: Román de la Torre y Gerardo Roque en trabajos para “El Faro de Vigo” y “La Noche”, de Santiago. Años después, en la década de los cincuenta,  consiguió firmar con su nombre en algunos periódicos gallegos, y llegó a publicar un par de libros de carácter histórico y su memoria de infortunios: “De cárcel en cárcel”, conmovedor relato de sus padecimientos. Según recordaba su hija María del Carmen en 2014, a su muerte dejó más de 80 obras que hoy siguen inéditas.


En su vida como escritor y periodista trató a significados escritores de la época: Martínez Sierra, Pío Baroja, Pérez de Ayala, Ramón del Valle-Inclán, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Antonio y Manuel Machado, Vicente Blasco Ibáñez, Federico García Lorca, Gregorio Marañón, Eduardo Zamacois, Alejandro Casona, Emilio Carrere… Acudía a la tertulia de Benavente en el café  “El Gato Negro”, icono modernista madrileño, en la calle del Príncipe pared por medio del Teatro de la Comedia.  Allí compartía mesa y conversación con escritores como Pedro de Répide, José Francés, Pedro Mata y Andrés y Edmundo González Blanco, entre muchos más.


Son deliciosas de factura literaria y documentalmente sólidas sus obras dedicadas al Rey felón y a su época. Así “Vida y milagros de Fernando VII”, de 1929, y “Martirologio fernandino”, de 1931. Mi interés por esta faceta de nuestro escritor va más allá de lo literario. Entre los “mártires” de Fernando VII Diego San José incluye al general Juan Van Halen, mi antepasado liberal y masón del XIX, junto a Mariana Pineda, José María de Torrijos, “El Empecinado” y Diego Muñoz- Torrero, entre otros.


Escritor célebre, popular y prolífico; periodista pundonoroso y activo; historiador riguroso; hombre de bien. Padeció incomprensiones, persecuciones y cadenas. Fue ninguneado y se borró su nombre de la memoria literaria. Permanece injustamente olvidado. Preservó su libertad más allá de las rejas que lo cercaron; en sí mismo. Se anuncian cambios en el callejero madrileño que desterrarían a escritores considerados hoy "políticamente incorrectos" en ciertos círculos ideológicos. Entre los amagados de depuración se cuentan Pemán, Foxá, D'Ors, Maeztu o Muñoz Seca... No comparto esa persecución póstuma. Las obras salvan a los creadores cualquiera que sea su ideología. Prefiero la suma a la resta. Diego San José merece una calle con su nombre en un Madrid que él tanto quiso y del que tanto escribió.